3.4.07

MANTECA AL TECHO


Mis ingresos no han sido del todo magros desde que pegué un trabajo fijo. Una cultura del laburo más una inconciencia innata me han llevado a vivir una vida absurdamente derrochona y a darme gustos. Digo absurda porque ni mis gustos ni mis ingresos dan para autos importados o viajes extravagantes. Por eso, apenas cobrado mi salario (que era todo para mí), hace unos cuantos años partía raudamente a disquerías y librerías para derrochar. Cuatro, cinco o más cedés en mano, eran la delicia para una semana con diversión auditiva asegurada que incluía joyitas inconseguibles de Peter Gabriel, bandas sonoras, Lou Reed, tal vez B '52, Talking Heads o PJ Harvey. El negocio del Perro era el sitio elegido, allí mi cuenta corriente no tenía ninguna garantía más que el dueño viera mi cara a menudo. El sitio ha mutado de domicilio como de diseños pero el carácter refunfuñón de su dueño (mote merecido me imagino, nunca supe el porqué) nunca pudo conmigo. Allí era la tertulia de selección de novios y discos. De cafés, de músicos paseantes y a la vista en la mismísima vidriera. El grunge había distorsionado las guitarras y la indumentaria de los rockers de los tempranos 90, el negocio se inundaba de bermudones, camisas de franela a cuadros mientras nosotras vestíamos irremediablemente vestidos con borceguíes, pelos descuidadamente aseados y peinados y no nos perdíamos ningún concierto que tuviera como inspiración lo “alternativo”. El Perro merodeaba las bateas en ojotas (no me lo explico, pero también circulaba en ojotas en un ciclomotor destartalado), los empleados recomendaban discos que les gustaba a ellos exclusivamente, nada más. Para lo otro, andate a otra disquería. Mi amigo Mino del otro lado del mostrador, escuchaba a full la Cumbia del Cucumelo de las Manos de Fillipi mientras armábamos y desarmábamos el mundo en una tarde. Ibamos a comer a Estación 27 después de los recitales, paseábamos músicos reñidos a muerte con el peine y que intentaban imitar inutilmente nuestra tonada. La fauna cosechada en esos años "mozos" tiene un tierno lugar exclusivo en la enciclopedia de ésta, mi vida. Es más, a veces me acuerdo de algunas anécdotas e inesperadamente y sonrío y me río. Me pone (exquisitamente) muy bien.

11 comentarios:

laura dijo...

Lindos recuerdos. Yo compraba mis discos en La Galería del Este, o en la única disquería que vendían discos importados, en La Lucila. Me hiciste viajar en el tiempo. Lindo, lindo.
Beso
laura b

YAYA dijo...

Más de una vez debemos haber quedado a pocas mesas de distancia en Estación 27 [todavía voy de vez en cuando, qué buenas calabresas].

Mis gustos de otros tiempos eran un poco pretenciosos, por lo que mi tugurio era LADO B, donde me conseguían lo que yo quería al precio que a ellos les pintaba. Eran otros tiempos, yo todavía no era docente y, por tanto, tenía buen dinero.

El Perro (dicen que le dicen así por el olor) nunca fue de mi agrado. Pero también he dejado algunos morlacos en su tugurio.

Hurricane dijo...

Buenos recuerdos. Por mi barrio había varias disquerías pero eran todas iguales (o tal vez era yo quien las veía así).
Saludos

Ross dijo...

Laura, si, comprabas discos, casetes?
Yaya, yo era Perrista, ahora la disquería parece un laboratorio de espectáculos. Al Palo le he comprado también. Me cae bien.
Hurri, siempre se curtió lo clandestino, de todos modos.

Anónimo dijo...

¿Estación 27 es ese restaurante/bar con chapas antiguas y patentes y cosas así, al lado de un estacionamiento, largo, donde venden pizzas y sandwiches de chivito?
El borracho de KP nunca recuerda de qué lugar le hablo....

Marian dijo...

q lindoooooo el color casi salmon!

y la foto de los niños hermosa

Ross dijo...

MP, exacto, ahí comimos una vez, después de un show. No será alzeimer lo de KP?
Marian, gracias! es uno de mis colores favoritos.

Jopi dijo...

Recuerdo haber encargado un disco importado en el Perro de la Vía Nueva. Era el álbum debut de Third Eye Blind, una banda de rock alternativo a la que le puse todas las fichas allá por el 99. Quedó claro que el papel de cazatalentos no iba conmigo: si bien el primer disco era buenísimo, los que le siguieron fueron fracasos rotundos. Pero todavía me acuerdo de esa tarde cuando salí del local, habiendo gastado mis buenos 40 pesos/dólares en ese discazo, mirando a todos con cara de "esto es lo que se viene". Buenas épocas.

Anónimo dijo...

Sos una ídola!!!
Genia, mirá lo que compras...
Besos
Karina

Ross dijo...

Jopi, es sorprendente lo que ha comprado cada uno, tanto dinero invertido!
Kari, yo compraba! ahora los métodos son otros, no? Epa, no piensen mal!

horacio dijo...

tengo como 700 vinilos, igual cantidad de cassettes pero ahora bajo todo. fui cliente del perro. la mitad de mis vinilos son de ahí. aunque no me cae muy bien. muy histérico.