4.4.08

MIS PUENTES

Tenemos amigos de distintas cosechas, es cierto. Del barrio, del colegio, de las salidas, de la vida. Pero siempre hay uno, uno que se instaló en tu corazón y se quedó para siempre. Bueno, ese es Pablo. Cuando lo conocí íbamos al secundario pero a diferentes colegios. Yo, que apenas dominaba una regla de tres simple, me rendía a su inteligencia y dejaba que me explicara o al menos lo intentara, los logaritmos. Me enseñaba, tomábamos la leche, escuchábamos rock, me dibujaba los mandalas de Led Zeppelin y a medianoche, o sea, ocho horas después caminaba unas 15 cuadras hacia su casa. Años así, años yendo a boliches con grupos de gente para escaparnos a comer lomitos y hablar y reírnos. Cargo con ese detalle, capaz que soltás la zoncera más insólita y largo una carcajada. Pablo se quedaba serio y yo con la bocota abierta. Una vez, convaleciente de una hepatitis, flaca y demacrada, partimos a un microcine a ver La Canción sigue siendo la misma, pero fuimos a pie y caminamos más de una hora que se hizo nada al lado de sus pasos y sus relatos. ¿Se imaginan? en el solo de Bonham, el baterista, me dormí. Solos eran los de antes, la verdad. Así siguió la vida y nuestra amistad. Con alejamientos, acercamientos, por ninguna razón en especial que no involucrara el hecho de estar vivos. Si yo lo quería ver, sabía que estaría en su casa con su miniequipo, su guitarra eléctrica roja, tocando siempre tocando, el mate listo, la tele prendida y leyendo textos en alemán. Les juro que es verdad y que hacía todo eso en simultáneo. Pero hay un momento crucial en esta historia. Cuando promediaban los '90 (él, que es un expero en fechas, te podría decir día y mes también) y las salidas eternas se instalaron como algo ineludible, sumamos más gente a nuestra rutina, un amigo de él y algo amigo mío. Otra amiga mía, luego amiga de él. Salíamos, llegábamos, íbamos, veníamos. Deambular o naufragar como le dijeron los primeros rockeros nuestros. Algo tenía que ocurrir y llegó el momento en que algo ocurrió. Un día, en casa, el anuncio de que había algo para contar no se hizo esperar. Pablo se descalzó y descargó el cable a tierra. Escuchó mis inseguridades, mis emociones y mis lágrimas. Algo había pasado en mi corazón. Acto seguido, llegó mi amiga y nos tiramos a ver Los Puentes de Madison. Pero faltaba el cuarto en discordia y de él se trataba justamente. Luego de la película la suerte estaba echada. Con las cartas sobre la mesa seguí su consejo: metele para adelante. De más está decir, que hoy es también el Tío Pablo, el de los mensajes diarios, de los mails imprescindibles y nuestro amigo como siempre. La familia elegida.

3 comentarios:

Vero dijo...

Se me pianta un lagrimón, en mi vida también hubo un "Pablo", pero quedó en el camino...
Que emoción me produce cuando veo que a alguien le gusta Led Zeppelin tambien, leer sobre Bonzo o que viste The Song Remains the Same...ahhhhh, me da una cosa. No sabía que la rockeabas tanto, me parece que no leí tus primeros post, asi que ya mismo me voy a seguir emocionando y ahora ademas de admirarte por lo bien que escribis, porque con tus historias me transportas y las llego a sentir como propias, te admiro por el gusto, buen gusto musical, genia! Besos.

José Glanzmann dijo...

leyendo detenidamente el escrito me sentì muy a gusto con la forma de narrar esa historia, que podria o no ser la de muchos amigos de la adolescencia.
Igual no me sentí muy identificado con ese tipo de "amigo" pero me gusto mucho tu descripción de cada uno de los momentos preciados de esa amistad.

saludos,

Pablo Pez dijo...

¡Oia! ¡Se llama igual que yo, se llama!