No sé si vos serás de esas personas impecables, que se levantan con bata y pantuflas, que el pelo no se les eriza o el rimmel no se les corre. Yo, definitivamente, no. No me sale, no nací así o me volví asá. Trato de guardar ciertas composturas pero las batas me dan calor, las pantuflas se me pierden y si me acuesto con el pelo húmedo al otro día parece que dormí enchufada a 220. En el post parto de Azul tenía una panza que parecía que me habían dejado otra beba adentro. Me advirtieron: no hablés y hablé para el campeonato. Me dijeron parate pronto después de la cesárea, me hice la idiota y me paré cuando se habían ido las visitas y quedamos solos con una amiga.
Aproveché a ponerme de pié y me dolió y picó todo lo que antes nunca me había dolido ni picado. Tenía los pechos como globos terráqueos, mucho calor y toda la emoción del mundo. La enfermera me dice: tiene que eliminar gases. Mi amiga, muy suelta me animaba: vení, vamos a tirarnos pedos. Fuimos a caminar a los pasillos y se los tiraba ella, ¡que pícara! La sala de espera repleta de día, era un desierto a la noche. Ahí con la loca y mi marido, nos cagábamos de risa y entre las dos empezamos a sacarle datos a una rubia de post parto que, supongo, había salido también a eliminar aires molestos. La piba había parido el mismo día y juro por su aspecto que existen las mujeres onda Valeria Mazza saliendo de la clínica con un rubiecito en brazos. Impecable.
Al otro día nos dan el alta. Salí con la misma ropa que entré porque seguía hinchada y dolorida más el bolso, mi pequeñita, miles de bolsitas de supermercado con pelotudeces varias. Y salió ella, che: estupenda, con un moisés de tela haciendo juego con el bolso, la vincha y la camisa. Un ramo de flores y un peluche celeste. Nosotros nos miramos con el flaco y nos reímos cómplices. No nos sale ser así porque no somos así. O al revés.
Pasan los años y las circunstancias me llevan al mismo sitio que esta mujer: la puerta del jardín de infantes. Nacidos bajo el mismo signo, en barrios cercanos, nuestros niñitos compartieron sala. Allí llegamos el primer día: de una mano mi niña y el cochecito con el bebuchón nacido unos meses antes. La mochila bordada por mí y las dos colitas de la nena con la raya chueca. Cuando la vi a esta Valeria me di cuenta al instante que era ella. Había perdido todos los kilos (y más) y ni se gastó en saludarme. Pero me pareció tan loco que los niños hubieran compartido ese instante, ese espacio físico cuando llegaron a este mundo y nosotras tan distintas. O no, que se yo. La vida nos alcanza.