Las vacaciones se han acortado y la mayoría de los niños, bronceados como vinieron del río, la pileta o el patio nomás, se calzan la mochila y parten al cole.Antes, los papás hemos pagado la matrícula, tenemos el recibo de la cuota de marzo en mano y el listado de materiales necesarios en algunos casos e innecesarios en otros.
Pero además, muchos también luchan por encontrar otros lugares en algún instituto de idiomas, academias de danza o apoyo escolar, escuelas de música, arte o deportes y, obviamente, computación. Todo junto o por separado, pero algún lugar al fin “para llegar a la juventud preparados”.
La febril competencia de los adultos ha sido trasladada al mundo infantil, eso no es ninguna novedad. Lo grave pasa por los inconvenientes que podemos provocarles al ingresar a un mundo ajeno y lejano: estrés, cansancio, insomnio y preocupaciones extremas por horarios o cumplimiento de tareas.
En la infancia se debe jugar, el juego enseña, si el término parece más adecuado, podemos decir que también educa. Es una parte indispensable en nuestras vidas, una simulación del porvenir donde vamos aprendiendo, por ejemplo, para qué sirven las cosas, de que están hechas y qué lugar ocupamos en las relaciones y ese es un aspecto que deberían aprender con otros niños y en situaciones espontáneas.
Sucede, muchas veces, que somos los padres los que no sabemos qué hacer con ellos porque en nuestra loca carrera no entran (al fin y al cabo en los coches de fórmula uno en el asiento apenas cabe solamente el conductor) y les buscamos espacios para que ocupen su tiempo, ese objeto inmaterial tan preciado por las mamás y los papás que trabajamos y que ni siquiera encontramos para nosotros mismos. Exacerbamos la preocupación por un futuro que, en todo caso , es tan incierto para ellos como para nosotros y dejamos que se pierdan aspectos de una de las etapas más lindas de la vida para ellos como niños y para nosotros como sus papás. Observar, compartir, conjugar actividades domésticas suele ser un buen programa que no necesita dinero extra, horarios fijos ni reglamentos.
Guarderías que ofrecen inglés, computación y hip hop. Jardines con filosofía, idiomas y actos de graduación a lo grande. Cierres escolares extraordinarios con trajes carísimos y coreografías grandilocuentes.
Como los hijos no nacen con padres expertos, con el tiempo nos damos cuenta: al ver una cinta de video en la que mi hija bailaba un candombe me dijo: me daba mucha vergüenza, no quería estar ahí. La verdad, que tampoco era necesario porque tenía solamente tres años.
No deseo que esto se tome como una mirada hacia el pasado remoto donde saltábamos a la soga o jugábamos a las escondidas en las esquinas de cualquier barrio. Sino, simplemente, a lo que ese hecho significó: tener la libertad de utilizar el tiempo libre como propiedad absoluta de la infancia y verterlo en juegos en los que el mismo niño ponga a prueba su creatividad y sus ganas de explorar el mundo sin necesidad de que un adulto se lo indique.
Tiempo para aburrirse, para mirar el cielo, para estar con amigos. Compartir aventuras, correr y andar en bicicleta. Que los dulces sueños nocturnos sean una rendición ante el cansancio de la aventura y no el exceso de deberes y corridas a cursos de actividades extras.
La infancia es corta, ocupa mucho menos que un cuarto de nuestras vidas. El secreto está en el equilibrio y el aprendizaje diario, en tener en cuenta sus señales, en aprovechar el oficio de ser papás con el contacto diario y no como choferes, controles ineludibles y agendas completas.
¿Entonces, porqué esforzarlos a que vivan como mini adultos si sabemos, por experiencia, que la niñez tiene aspectos imposibles de rescatar una vez que hemos crecido?