Llamanos frívolas, coquetas, gastadoras, junta porquerías o lo que quieras. Lo que se te ocurra, pero a las mujeres, dentro o fuera del shopping o donde sea, nos gusta salir de compras y si es sin hombres, mejor (vaya, que para ellos zafar es mucho más que una liberación) Porque no entienden que "necesitamos" botas este año o que una bufanda turquesa sería indispensable para combinar con cierta pulsera. O que cierto abrigo quedó fuera del placard hace rato y por más que sea calentito, lindo y no esté gastado no lo podemos ni "mirar". "Me pica", "me tira la sisa", "tiene color ratón", replicamos y ellos nos miran con cara de no entender si hablamos de que nos entró una basura en el ojo o es tiempo de traer un gato a casa.Así es: todas las temporadas partimos a hacer tiritar el plástico o el efectivo (escaso por cierto) porque nos declaramos en bolas y si hay chicos, ni hablar... los pantalones le llegan a los tobillos, las camisetas a los codos y las camisas ya son puperas. Lástima que las zapatillas no se pueden alargar como los patines porque ésas sí que son indispensables.
Una siesta mamá invita a hija, deposita hijo que heredó la genética anti shopping de papá en un cumple y parte con el cometido de derrochar el dinero (que creyó perdido) recuperado y encontrado dentro del libro de Krishnamurti (al que le dediqué un tercer ojo durante un día completo)
A ese punto quería llegar: que lindo que de pronto, la chiquita que se escondía entre los percheros y asustaba clientas distraídas o se metía en el asecensor apresurada mientras vos te quedabas del otro lado papando moscas y luego desesperada volabas por las escaleras a lo bombero, se transforma en tu compañera. Y se las banca (no te abre el probador inesperadamente ni pide ir al baño cuando lográs que te atiendan) , y te juzga (y a veces ofende) : eso es de joven, má (je je je) y opina: me parece que la vendedora no tiene ganas de atender... Revolvimos, sacamos, pusimos, nos medimos y nos tomamos todo el tiempo que quisimos.
Fuimos a la librería, elegimos, preguntamos, pagamos y felices nos fuimos a tomar un helado y un café (adivinen qué le tocó a cada cuál).
De vuelta, buscamos al muchachito que quedó alucinado con su librito sobre el cuerpo humano igual que el progenitor con su regalo y que aún duda entre la culpa y el acto de amor de habernos acordado de él también. Ambas contentas: lo que yo me pongo para salir a ella le sirve de disfraz. No sé si cazás la ironía.
