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13.12.10

RAZONES PARA NO CREER

Venimos de comprar cocacola y un árbol de navidad ínfimo y barato para el hogar de paso. Él, de 7 me dice: Yo para Navidad quiero una wiiiiiiiii, una raqueta, una patineta de dedo pero de madera y ... sigo yo...
Se viene el verso: pero Papá Noel esto y aquello. Y se vino la respuesta de él al toque:-.No existe. ¿Qué? No, mirá. Señala tres razones tres... Con los deditos...
  • Primero: ustedes dicen, vamos a ver los fuegos artificiales y salimos a verlos y ustedes no vienen...
  • Segundo: es porque se quedaron poniendo los regalos...
  • Tercero: después nos llaman y dicen pasó Papá Noel! Y los regalos ya están...
Aja, ejem, mjú. Bueno, pero pasa rápido Pa pá No el, digo y comento que camines rápido que la coca se calienta y hace calor y el sol arde...
Mas él responde: pero ustedes nunca ven los fueguitos con nosotros. 
- ¿Cómo sabés?
Dedo acusador: yo me acuerdo, los veo con el abuelo...
Ella (11 flamantes añitos): má, ya te picó el boleto. Convencete. 
Yo: creo que me avivé a los 10.
Ella de nuevo: a mí me avivó el Gonzalo G. Lo odié. Por eso y por muchas cosas más. 
Ella odia con facilidad y ama con la misma intensidad. Sin medias tintas. 
Elijamos el regalito, entonces. Pero hagamos de cuenta y que sea una sorpresa. 
En primer lugar,  todos les pedimos antiparras. Sí, pero no esos de once pesos que les entra agua ¿eh? ¿Quién hizo el aporte? Ella. 

20.12.08

A MEDIANOCHE EL SOL RELUMBRÓ

Tenía 5, 6 o 7 años y no le escribía las cartitas a Papá Noel sino al Niñito Dios. Armábamos un pesebre gigante (para mí en ese momento) en el lugar del hogar a leña en el que nunca se encendió un leño. A veces le hacíamos un cielo de celofán al fondo, un cometa en papel brillante y el pesebre de yeso con un San José que había recuperado la cabeza a fuerza de poxipol gris. El establo tenía hasta espejo convertido en un lago donde nadaban unos patitos o cisnes inexplicablemente si esto era Jerusalén, pero era un oasis, ahora entiendo. Había un sólo camello e ingenuamente me preguntaba como se las arreglaban los Reyes Magos.
Sabía cantar "changos y chinitas duermansé" ... y tenía el simple del Topo Gigio desentonando ese villancico.
El árbol demandaba un 8 de diciembre completo y se desenvolvía con cuidado. No tenía base, buscábamos un tacho, lo forrábamos con papel navideño y le mandábamos arena y piedras para enterrar el pino que tenía una especie de plumas verdes y que todos los diciembres perdía un buen puñado. Cada adorno estaba envuelto en papel de diario, eran frágiles como una bombita de luz y para matizarlo con algo artesanal, pegábamos brillantinas sobre los jugos de naranjita pindapoy que eran una delicia. Luego venía la lluvia de nieve de algodón y de unas tiras doradas, restos de los bordes de los papeles con que mi tía imprimía marcas en las plantillas de los zapatos.
Las cenas o asados eran una puerta abierta a parientes y vecinos, chin chin, cuetes, estrellitas, rompeportones y bengalas. Ilusiones y estrellas más brillantes que nunca que se adivinaban entre las hojas de parra del patio.
A la medianoche brindábamos y luego nos abrazábamos y llorábamos. Bah, yo no entendía muy bien porqué me abrazaban tan fuerte y lloraban (¿sería por el precio del regalo?) pero ahora lloro, me abrazo a mi familia y deposito lágrimas sobre mis recuerdos y ausencias y también por el precio de los regalos.
Después de 12, mientras algún mayor nos invitaba a ver el paso del cometa, volvíamos y al pié del arbolito estaban los regalos para todos y el living se llenaba de papeles arrugados y sorpresas.
Restos de sidra y clericó sobre la mesa, los vecinos se cruzaban, la calle se inmortalizaba en besos y buenos deseos.
Nos sacábamos fotos con la Kodak Fiesta hasta que se nos agotaban los cubos del flash. Nos poníamos calzones rosas, estrenábamos vestiditos y nos colgaba la cadenita de oro.
Creo que a fines de este 2008, después de tanto tiempo, tendré la oportunidad de recuperar unos cuantos abrazos y es tan grande el entusiasmo que los planes van y vienen por mensaje de texto, mails y llamaditos.
Le vamos a poner magia. Lo hemos prometido.
(foto de entonces, mi hermano del medio y sobrinos mayores: Vero y Martín)

22.12.07

NAVINESTESIA

A pesar de no tener creencias religiosas festejamos, es un decir, la navidad. O sea, armamos el dichoso pino, cenamos y brindamos. Más allá de que no pueda evitar extrañar tiempos pasados, el trance anestésico que me aqueja en estas festividades es poderoso. Digo así, anestésico, porque cierro la canilla para no llorar, pongo piloto automático y funciono.
En casa teníamos un patio de baldosas rojas y amarillas, una parra de uva chinche, un par de hermanos mayores y lo más importante: papá y mamá. Ellos se encargaron de alimentar la tradición de noches largas cenando bajo las estrellas con tíos, primos, cuetes y regalos. Mi papá lloraba a la medianoche durante el brindis, luego nos apretábamos y emocionados nos deseábamos lo mejor. Nos declarábamos amor a perpetuidad y si había alguna aspereza, se limaba. Un año me encontré con una caja al descubierto y una muñeca hablando entre las luces del arbolito. Otro, con las zapatillas de moda, la bici fue regalo de los reyes, siempre pero siempre hubo sorpresas. Al soltero de turno se le destinaba una bota de plástico de Papá Noel en la que se depositaban unos dinerillos. Recuerdo hasta que una vez un vecino enfundado en el dichoso traje rojo, sacó de la bolsa un cascabel y una taza que fueron mi tesoro durante mucho tiempo.
Un día se apagaron los fuegos artificiales que sostenían esa mesa con mantel almidonado para la ocasión. Y me tocó el turno de compartir la punta de la comilona. Pero ya no encuentro brindis emocionantes, extraño a morir a mis viejos, no supe o no pude chocar copas con mis hermanos a la medianoche del 24 y el dolor me anestesió. Me convirtió en un aparato que recibe, sirve y despacha. Prepara presentes, los justos, solamente eso. Y levanta la copa a medio metro. Igual, las otras, no dejan de ser un buen recuerdo. Pero a éstas, tendrán que poner voluntad para convertirlas en algo bello. Lo siento, esto no me sale.