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11.12.09

TRES DESEOS

En medio de estos días extraños, mientras todas eran idas y venidas y pura preocupación, mi suegra de vuelta se fue al piso y se quebró el fémur. Resultado: escazos metros separaban en la clínica a ella de mi sobrina. No quiero recordar esos días aunque solos acuden a mi cabeza. Sólo quiero rescatar una actitud: pasamos casi desapercibidos los flamantes 10 años de mi Azul el 26 de noviembre. Igual, fuimos a tomar un helado y antes sopló una velita común de esas que se usan para los hornitos. Ella pidió tres deseos. "No los pienso decir", advirtió. Me miró y dijo: pero hay dos que vos ya los sabés.
Hoy, si en algún momento las lágrimas me atacan, me consuela. Me agarra la cara con sus manos y me dice que esto también pasará. Diez años son tan pocos y a veces significan tanto.

28.3.09

SUS OJOS LLENAN CÁNTAROS

Es inevitable. El crecimiento provoca dolor, ya lo han dicho los traumatólogos: de noche, muchas veces, los niños sienten dolores de huesos provocados por el crecimiento.
Pero ¿y el dolor ese que nos carcome el corazón? ¿el dolor de crecer, de descubrir lo que significa la muerte, que no todo sale como deseamos o que los errores tienen un precio?
Creo que muchos recordamos algún hito que marcó un dolor de crecimiento. Una muerte, una separación, una despedida, unas lágrimas mojando la almohada hasta quedarnos dormidos aún siendo niños.
Mi hija, mi niña de la que he dicho que ya tengo que hacerla sentar para poder hacer sus peinados favoritos, que hurta algunos artilugios femeninos de mis cajas para mirarse al espejo, ha comenzado a transitar ese camino.
Sufre, y en sus lágrimas identifico mis recuerdos de dolor de crecimiento.
Má, me saqué un sati, tengo miedo que me retes. La abrazo, acabamos de detenernos en un estacionamiento. Sus ojos diluvian y sus pestañas larguísimas parecen estalactitas. Ese sati le ha dolido por lo inesperado, por lo novedoso, porque lo cree injusto, porque las calles comenzaron a bifurcarse y lo acostumbrado (navegar por aguas dulces) comenzó a ser lo inusual en estos casos.
Nos sentamos, conversamos, le seco las lágrimas que me estremecen y me contengo.
Vamos a reforzar algunos aspectos, vamos a fortalecernos, tenemos que aprender de esto también. Estamos en la sala de la espera de su pediatra por algo rutinario.
Entramos, la miden, la pesan, le preguntan como se alimenta, ella cuenta y ya está animada. El hermano se le sienta al lado y le da la mano. Se miran y sonríen. Se tienen también y ya lo saben.
Como alivia el dolor saber que alguien te puede contener cuando, por suerte, la soledad no desespera.