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27.3.10

SANA, SANA...

En dos semanas se nos fue la Abu. ¿Sufrió? Presentíamos la decadencia y la abu fue espaciando las visitas y hablando por teléfono con voz apenas audible. Abu, te extrañaremos. Se fue en silencio y su despedida fue con absoluta austeridad como ella hubiese querido, como fue su vida.
Mi amor estuvo pendiente mientras los otros estábamos sosteniendo el otro lado del castillo de naipes. Mi niña lloró y me apretó fuerte, mi niño, no. Dice que la extraña.
Hoy nadé, lavé ropa a lo bestia, vi una peli en video (Enamorándome de mi ex), hice de comer e hice tartas de coco y panes saborizados y con semillas para una reunión de mañana, con exs, pero compañeros de la Facu. Fuimos al cine a ver Cómo entrenar a un dragón y me gustó tanto como Mi amigo es un monstruo (la del Lonch Ness) y me dieron ganas de aplaudir al final
aunque los chicos se avergonzaran. Me merecía un libro decreté, a pesar de la austeridad. Fuimos a la librería y pintó uno y un cuardenito de notas envidiable. Stickers y libros de dinos para los niños.
Mi amor está muy triste. Mi amor, amor mío. Hay que vivir esa tristeza. Cuanto huevo hay que ponerle a esta vida.

11.10.09

EL SEBA

Cuando se acerca el día de la madre, por más que me nefrega y quiero un regalo (de todos modos), siempre me acuerdo del Seba. El Seba era amigo de un amigo. Llegó a mí y era complicado. Su profesión nada tenía que ver con The Cure y le encantaba Robert Smith con su manga de ojerosos despeinados. Fue ese el tema que también lo unió al amigo en común. No era de acá pero pero vivía acá porque estudiaba. Salíamos al cine, a tomar algo, a dar vueltas en el auto hasta agotar temas de conversación. Yo manejaba y escuchábamos Los Visitantes: Ella juega con medallas... Aparecía y desaparecía en el ámbito amistoso como el ave fénix. Un Copperfield de la amistad, pero igual yo lo quería y se lo decía. Pero por un tiempo prolongado no lo vi más. Y no sabía de él y nada más ... hasta que un día me llamó para contarme algo importante. Tanto como definitivo. El corazón me dio un vuelco como esos que te dan cuando te suena el teléfono a la madrugada y no es equivocado. Nos juntamos y me mostró unos ganglios inflamados en el cuello y estaba todo dicho. Pero me dijo, no llores vos porque yo no lloro. Y nos seguimos riendo y yendo al cine y dando vueltas en el auto sin rumbo. Viajó a Francia y la pasó muy bien, me contó. Le regalé el Libro de los abrazos para juntar todos los abrazos como si presintiera que algún día lo dejaría de abrazar. Al tiempo, luego de otra desaparición de este missing boy mientras yo estaba en Buenos Aires, apareció un personaje y dice, desconociendo que yo lo conocía, que el Seba había decidido su destino. Un día de la madre y solito. Casi sano y de pie. Me desomoroné y manoteé todos los teléfonos que me unían a Córdoba. Una amiga me dijo: lo supe y como ya era tarde no te lo podía decir. Quería que lo charláramos de frente, pero él se divirtió tanto en tu universo y fue lo más digno que pudiste hacer por tu amigo. Hoy me acuerdo de él cuando escucho de nuevo: él hundió su nariz... en la espuma de las olas... los rebotes del sol, coronaron su final... En mi corazón, siempre va a estar...

10.7.08

LA FINITUD

Pienso que sé, precisamente, cuando me di cuenta de la finitud. Creo que se toma conciencia alrededor de los 6 años, conciencia de la muerte, de la separación, del nunca jamás. Yo tenía esa edad, mi papá trabajaba en el ferrocarril, entraba a las 5 y media de la mañana y volvía a las 2 y media de la tarde, almorzaba y se acostaba una siesta para luego completar el día a bordo de su taxi. Nunca oí cuando salía de casa en su bicicleta azul, invierno o verano. Pero sí tengo la conciencia de esperarlo ansiosa con el corazón palpitando cerca de la garganta. Se escuchaba, a las 2 y cuarto, una pitada de un tren que marcaba su hora de salida y hasta que no escuchaba rodar la bicicleta en el patio, no me volvía el alma al cuerpo. Cómo me he guardado ese miedo a que se muriera, como lo he sufrido. Como lo he ocultado temiendo que se hiciera realidad. Cuántas veces lo abracé exagerada cuando llegaba hasta calmar mi ansiedad, lo miraba comer, le robaba un trago de vino con soda y veíamos "Dimensión desconocida" con mi primo Javier mientras mi mamá le preguntaba por "novedades". Además aprendía, sin poder evitarlo y sin censuras, a cerca de la finitud sin comentarlo con nadie.