
25 in the morning. Es temprano para el resto de los mortales, no para mí. Lista sobre mis pies me dispongo a la caminata matinal mientras el barrio duerme y mi casa no. Me gusta el cristal desacostumbrado, inhabitual, sin rutinas. Caminar cuando duermen, dormir cuando el mundo se viene abajo. Mis pasos son rápidos, dos minutos por cuadra si se quiere. Mi MP3 me regala claramente el último de Vicentico. Y allá voy. Sorteado la resaca de la Navidad de un barrio. Un barrio de casas bajas con techos altos que de a poco están dando lugar a longilíneos y rentables edificios. En mi carrera se me hace inevitable “husmear” en los zaguanes de mosaicos simétricos y envidiar historias frescuras de los hogares señoriales que quedan. Sorteo restos inmundos de pirotecnia. Restos de tormenta ácida, la basura que el servicio prometido pasó de largo. Algunas señoras barredoras que en vez de caminar se dedican a asear los trapos sucios de la nochebuena. Las iglesias están cerradas, hasta Jesús duerme su natividad. Los pendejos vuelven zigzagueantes, me parecen tan lentos al ritmo de mi paso. En las transformaciones del barrio que me vio nacer son notorias e inevitables las comparaciones. Miro la casa de mi teacher tan linda ella a sus 40, 40 que hoy son más 30. Trato de no pensar. No hay ni donde comprar la dichosa botellita de agua mineral. Un par de viejos caminando alrededor de la plaza y mis talones ampollados al no poder evitar el estreno de mis running nuevas. Me las trajo el Niñito Dios. Tampoco lo pude evitar.